agosto 08, 2006

Encuentros en la web

Encuentros.

Aunque este no fue precisamente un encuentro, sí fue la sorpresa del día. No se por qué razón este relato me ha gustado tanto.

El arte de matar japoneses.
Rafael Cessa Flores

Una mañana, mientras miraba el televisor, Autor Writing decidió que dejaría de escribir.
Acomodaba una corbata bajo el cuello de su camisa a la vez que miraba a la reportera que decía, en este orden, las noticias del día: “La invasión de Noruega en Egipto preocupa a los demócratas del Líbano. En Islandia, un elefante atacó a un turista mexicano. Dos mujeres muertas en Afganistán es el saldo de un atentado terrorista perpetrado por una mujer afgana-kurda-sufi...”
Autor Writing es un hombre serio. Apretando el nudo de la corbata, se dijo: “No más historias, no más ficciones. Definitivamente, no más tarjetas filosóficas para toda ocasión”. Camino a la oficina se encontró con un grupo de manifestantes que protestaban contra la matanza de ballenas por parte de barcos japoneses.

-Pero si aquí no hay japoneses, ni ballenas. Hoy mataron a dos mujeres en Afganistán, debería darles vergüenza hacer tanta faramalla por unas ballenas que matan japoneses. En el vestíbulo, que parecía un hormiguero abierto, encontró a Peter Crazing. Intercambiaron algunas palabras respecto al atentado en Afganistán. Peter Crazing le contó que había escuchado en la radio que la terrorista había sobrevivido.

-Que suerte tienen esas mujeres, mira que hacerse estallar y salir ilesas –reflexionó Autor Writing.

Se separaron en el ascensor. Peter Crazing nunca subía a su oficina dos veces al día por el mismo medio.
Autor Writing entró en la puerta 16 del piso 75. Encontró el diario sobre la alfombra. Se despojó del saco y la corbata en la primera estancia. Entró en el estudio convertido en un hombre nuevo.

Frascos con tinta de china, estilográficas, cartoncillos, estiletes… materiales e instrumentos de una lejana vida anterior yacían sobre el escritorio cubiertos del polvo que todo lo cubre. Incluso las palabras parecían distantes, como ecos que resuenan en las oscuras moradas de la memoria: “Yo sólo sé que no sé nada. Lo siento”. La había redactado la tarde anterior.

Abrió el diario. No se sorprendió al encontrar, en la primera plana, la nota sobre el atentado terrorista en Afganistán. “Un atentado terrorista perpetrado por una mujer afgana-kurda-sufi cobró la vida de otra mujer afgana (no kurda, no sufi) en Afganistán. La terrorista se hizo estallar en un centro comercial a las 3:21 de la madrugada de hoy. Sólo hubo una víctima. Inicialmente se pensó, por error, que la terrorista había sobrevivido; después de escuchar su declaración, no queda ninguna duda: “yo no ser terrorista, no ser kurda, no ser sufi”. Al preguntarle las autoridades por qué llevaba un aparato explosivo adherido a la espalda, ella respondió que había encontrado la bomba cerca del centro comercial y al percatarse del peligro trató de llevarla a un lugar seguro. Lamentablemente, el atentado la detuvo en las puertas del centro comercial de la comunidad no-sufi”.

Decidió bajar al bar. Al salir de la oficina pudo ver a Peter Crazing que llegaba, en mal estado, por la espiral de la escalera.

-Adiós Pet, nos vemos luego –dijo Autor Writing, desde el interior del ascensor, pensando en que era preferible un poco de rutina a subir 75 pisos a pie. Las puertas del elevador se cerraron borrando la imagen de un Peter Crazing desvanecido.

El ascensor se detuvo en un escenario diferente: copas centellantes que chocando unían sus contornos, olores dulzones que conformaban uno salado, meseros vestidos como pingüinos, un frufrú coral ensordecedor y hombres y mujeres muy ataviados: un alfombrado paraíso citadino. Le ofrecieron vino, pidió agua. Lo miraban sin interés al pasar entre las mesas. O tal vez ni siquiera lo miraban. ¿Acaso miraban ellas sus peinados y ellos sus bigotes en los espejos que envolvían el salón?Se había sentado en el fondo, cerca del escenario.

Bebía agua en copas para vino tinto. Un cigarro estaría bien, pero no gustaba de fumar en público. Había olvidado por qué estaba allí -desde luego no era por el agua. Estaba a punto de levantarse cuando una mujer se detuvo a su lado.

-Es obvio que está usted sólo, pero ¿espera compañía?
-No la esperaba.-Puedo continuar mi camino o podría preguntar su nomb…-Autor Writing –se apresuró a decir.
La mujer pareció complacida. Fumaba, con expresión petulante, de una boquilla muy larga. Arqueando de manera extraña la ceja derecha, se sentó a su lado.

-¿A qué se dedica señor Writing?
-Eso no tienen la menor importancia. Desde esta mañana he dejado de ser lo que era.
-¿Y qué era ayer por la noche señor Writing?
-Escritor.
-¡Ah! Magnífico. ¿Y a qué debemos el cambio señor Writing?

Autor Writing empezaba a sentirse interrogado. Nunca se ha dicho que los escritores sepan llevar una conversación sin incomodarse rápidamente. Así que, para mostrar su apatía, se limitó a limpiar la copa con un dedo.

-¿Nada? –espetó la mujer impaciente-. ¡Vamos señor Writing! Uno no mira el televisor y deja por ello de hacer lo que hacía, debe haber una razón para eso, ¿no cree?
-Quizá fue así. No lo sé. Hoy mataron a una mujer afgana, un atentado terrorista.
-Sí, un caso chocante, si me permite decirlo –arrojó el humo del cigarro. Pero no se preocupe señor Writing, por fin se ha aclarado todo el asunto. Ambas mujeres eran terroristas.
-Qué bien –dijo prestando más atención a los labios de ella que a sus propias palabras.

El cigarro se había consumido en el extremo de la boquilla. La mujer se levantó sin interrumpir la postura.

-Pero ¿se va tan pronto? –dijo Autor Writing fingiendo ser cortés.
-Señor Writing, cuando se es cantante, el tiempo se mide en los cigarrillos que uno se fuma. Es tarde, debo prepararme.
-¿Cantará para nosotros?
-Sólo para usted. Se alejó contoneándose entre las mesas, a diferencia de él, a ella sí que la miraban. Decidió esperar para escucharla. Quizá cantaría en italiano.

El telón se dividió en el centro del escenario. Un fondo negro tenuemente iluminado y un banco en el centro del entablado recibieron los aplausos. La música comenzó un poco oscura. Autor Writing no es bueno para identificar instrumentos. Ella apareció en una abertura en el centro de la tela que servía de fondo. Avanzó con la cabeza baja hacia el banco de madera.

La música cesó cuando estaba junto a él. (Se escuchó un estornudo en el público; un mesero gritaba algo sobre espagueti; un automóvil se detuvo en la avenida lejana). Se iluminó el escenario por un instante. La música continuó, esta vez con más brillo. Ella comenzó a cantar en italiano.Autor Writing permanecía inmóvil a la mesa.

La miraba. En su mente, comparaba la pintura de sus ojos con el plumaje de aves exóticas. No podía, por más que trataba, explicar la prominencia de sus pómulos. No encontró problemas con el color de sus labios: el centro de una granada. La cintura era un monumento de ingeniería moderna. Ambos se miraban.Los dos telones se hicieron uno. Ella bajó por una escalinata lateral.

-¿Sigue aquí señor Writing? –dejó salir, sin mucha sorpresa.
-Eso parece, señorita…
-Ginger Singign.
-Aquí me tiene, mademoiselle Singing.
-Eso parece.

Ambos guardaron silencio: él por no saber qué decir, ella por encender un cigarrillo. Ella fue la que habló:

-¿Qué le ocurre señor Writing? Lo notó pensativo.
-Sí. ¿Puedo hacerle una pregunta mademoiselle Singing?
Esa mirada encendida, con la ceja derecha dilatada en forma de domo, y esa bocanada liberadora de humo, fueron la manera en que, pensó Autor Writing, ella le decía, en silencio: ¡Sí señor Writing, cuantas veces quiera!
-¿Por qué lo hace? –dejó salir en el momento en que ella se disponía a contestar.
-Es algo que me tranquiliza, con cada inhalada pierdo conciencia de mi pulso.
-No. Quiero decir, por qué canta. Ese gesto de nuevo, la ceja y todo.
-No hay razones. Siempre lo supe. Es como algo que se lleva en la sangre. Desde niña me decía a mi misma: “Mi misma, algún día serás aeromoza o cantante”. Y fui aeromoza, pero no se permite fumar como lo hago en los aviones.

Autor Writing permaneció pensativo. “Como algo que se lleva en la sangre”, eso era algo difícil de pensar. Estaba tratando de imaginarla en traje de aeromoza cuando ella le habló.

-Bien señor Writing, debo irme. Hágase un favor y escriba algo sobre mí esta noche.
-¿Puedo incluir una ballena, mademoiselle Singing?
-Mientras no lleve mi nombre, no veo por qué no. Gusto en conocerlo señor Writing.
-Ciao, bella.

Autor Writing encontró a Peter Crazing en el ascensor. Peter le contó sobre las dos terroristas afganas: la sobreviviente había tenido que confesarlo todo al verse presionada por la OTAN y la UNU (unión nacional unida).

-Era lo más lógico –concluyó Peter Crazing. Había sido en un centro comercial por la madrugada, en un día festivo y una terrorista era más alta que la otra. Autor Writing no pidió más explicaciones.

Salieron juntos al corredor del piso 75. Peter Crazing se despidió diciendo que estaba seguro de que se hablaría más sobre el asunto de Afganistán en las noticias de las 12. Autor Writing se encontró con materiales e instrumentos de su no-tan-lejana vida anterior.

Descubrió algunos bocetos sobre la mesa. “Natura non deficit in necessarii”, leyó en voz baja. El diseño le inspiraba nada. “Natura non deficit in necessarii”, “Natura non deficit in necessarii”, “Natura non deficit in necessarii”, repetía tratando de encontrar posibles aplicaciones. Trabajó el resto de la tarde en esa tarjeta y al final quedó satisfecho. Los colores eran claros.

En la primera lámina, unas líneas blancas sobre un fondo azul-naranja, enmarcaban la fotografía de una pera. Tenía, la pera, un pequeño mordisco, lo que le provocaba, y es posible, una expresión triste.

La segunda lámina era muy similar, con el detalle de que la pera tenía una bandita para curar sobre la mordedura.

La siguiente, sobre el mismo fondo enmarcado, tenía esta leyenda: “Natura non deficit in necessarii, mejórate pronto”. Anudo con un cordel todas las láminas y las colocó en el cajón inferior del escritorio.

Tarareaba la canción de Ginger Singing mientras bajaba por el ascensor. La puerta se abrió mostrando el amplio y solitario vestíbulo: le pareció la antesala de un museo por la noche.Tomó el camino de los manifestantes. No había alguien, sólo un par de pancartas: una decía “leer”, la otra, algo sobre ballenas japonesas asesinas.

Esa noche, mientras apagaba el televisor, Autor Writing decidió hacerle caso a Ginger Singing. Tomó un baño y se retiró al estudio: comenzó a escribir la historia de una mujer afgana-kurda-sufi que dejaría su vida de terrorista para entrenar a una manada de ballenas blancas en el arte de matar japoneses.

URL:
http://lampedusa.bitacoras.com/archivos/2005/08/02/el-arte-de-matar-japoneses

1 comentario:

Norman dijo...

Wowrales!!, está chido este texto :D, me gusto tu blog, y las fotos son muy originales... ¡Cuidate Estamos en Contacto!...